Rock transgresivoEra el día 15 de noviembre, sábado. Zamorano, Cazcarra, Wayne, un servidor y unas 18.000 personas más acudimos al Palacio de los Deportes (unas instalaciones ciclópeas, en las que no se pone el sol) a rendirnos delante de Roberto Iniesta, Iñaki “Uoho” Antón y compañía.
Los teloneros eran Memoria de Pez, por lo que no me acuerdo muy bien de su actuación. Quieren sonar a Fito, pero les salen ramalazos del Canto del Loco. Creo que por ahora les queda pulir su estilo, pero se comportaron con solvencia, dada la responsabilidad que tenían encima.
A continuación tuvimos que esperar a que un técnico trepase por el escenario para colocar tres telones que taparían aquel, operación que duró unos 10 o 15 minutos y que lógicamente causó impaciencia en el a la sazón intoxicado (alcohol, THC, nicotina y adrenalina) público. Pero tal impaciencia se tornó éxtasis cuando se oyeron los pirmeros acordes de Deltoya. “Se apagó el fogón/ no funciona nada/ Dónde está la luz” y todos los fans, que tenemos sabido y bien sabido el Iros todos a tomar por culo, gritamos “¡Aquí!” como un solo hombre, a la par que los telones blancos caían al suelo de golpe y una intensa luz se desparramaba sobre la audiencia. Ni que decir tiene que el efecto fue el esperado y la pista se convirtió en una vorágine de melenas, manos en alto haciendo los cuernos, codos, saltos y gritos.
La intensidad descendió un poco con los temas siguientes, Sol de invierno y Canciones prohibidas, para alzarse de nuevo con Golfa, momento en que ya se veía a numerosas personas llamar a amigos que no estaban con nosotros (en cuerpo, mas sí en espíritu) para hacerlos partícipes del intenso momento que estábamos viviendo.
Luego, Robe nos deleitó con los tres primeros cortes de su último y genial trabajo, el introspectivo, conceptual y à la Pedrá álbum La Ley Innata. La aceptación del público fue muy grande, y, a pesar de lo reciente de la publicación, el distinguido coreó la totalidad de la letra con una emoción igual que la que le puso a las viejas canciones de los extremeños.
De nuevo subió el nivel de emoción con los clásicos Buscando una luna y Quemando tus recuerdos y la comercial, que no menos buena, So payaso. En cada riff de guitarra las manos vibraban, en cada palabra de la letra las voces se desgarraban, en cada break los pogos se multiplicaban.
Después de la tormenta siempre viene la calma, y los músicos decidieron darnos (y darse) un descanso de unos 10 minutos “para reponer fuerzas”, momento que los covarrubios presentes aprovechamos para hidratarnos y comentar la primera parte.
Otra vez tuvimos clásicos, i.e. Tu corazón, Sucede, y la solo-para-conciertos Amor castúo. Por supuesto, las fuerzas repuestas estaban, y destilamos tanta ilusión como cuando teníamos 15 años y descubríamos el fenómeno Extremoduro. No hubo persona que quedase con la voz sana después de “me levanté/hasta los güevos de vivir”, y nuestros rockeros favoritos supieron mantener el nivel de excitación con la potente guitarra De acero (”…soy, de la cabeza a los pies/y el cielo es solo un trozo de mi piel”), cuya delicia se ve aumentada por los tímidos acordes previos a la explosión, musical y humana, que genera.
Llegó el momento para la canción melosa por excelencia: Standby. La dulzura transmitida de manera tan sencilla, sin arrogancia ni trampa, directa al corazón, se lo encogería al más cínico.
Por supuesto, el Robe no es un marica, así que a continuación el Palacio se vio inundado de un sonido marcado A fuego, que no dio cuartel al silencio o a la pausa, que consiguió sacar energías de todos los maltrechos cuerpos en la pista o en la grada.
El extremeño hizo un guiño a sus más antiguos y fieles seguidores con la Jota de la Central Nuclear, que destila elegancia con sus versos “No me jodas en el suelo/ como si fuera una perra/ que con esos cojonazos/ me llenás el culo tierra”.
De repente: un alto. Un acorde. “¡¿Dónde están mis amigos?!”; el público responde: “Los que no están presos, los están buscando”. El paroxismo. No quedó títere con cabeza, el caos campó a sus anchas, las camisetas sólo se veían en las manos de los seguidores, que saltando y cantando, casi sin creérselo, siguieron este temazo y la gran favorita de Jesucristo García, así como Puta y Salir. Es difícil explicar el escalofrío que te funde la médula espinal en la cima del concierto, cuando eres uno con la música y la masa de gente que te rodea. Sólo puedo animaros a que lo viváis vosotros mismos, puesto que es una experiencia única.
Extremo ya se quería ir a dormir. pero no nos iba a dejar sin un bis grandioso como es Ama, ama, ama y ensancha el alma, un canto anarquista y por la libertad; seguido de Autorretrato y un espectacular fin de concierto:
El Robe ya se había despedido y marchado, pero Uoho, pletórico, no descansó en los 15 minutos que duró su solo/improvisación con el batería, al final del cual apareció un técnico de luces, o de sonido, o de lo que fuera, que cruzó el escenario haciendo el tonto. Todos nos sorprendimos, pero es que después ¡la totalidad del equipo técnico salió a bailar y chocarse en la palestra, delante del bueno de Uoho que seguía tocando! Al final la decena de personas que andaban por ahí se cogieron con Iñaki y saludaron al público, que, encantado, desalojó con sensación de plenitud.
Del texto: © Maese Crochets, 17 de noviembre de 2008